Mucho antes de que existieran los dinosaurios, los océanos estaban llenos de unas criaturas muy especiales: los braquiópodos. Eran animales con conchas que dominaban los mares hace cientos de millones de años. Hoy aún quedan algunas especies, pero la mayoría desapareció, dejando sus huellas en forma de fósiles.
Una de las personas que más hizo por entenderlos fue la paleontóloga polaca Gertruda Biernat (1923–2016). Además de estudiar fósiles en laboratorios y acantilados helados, luchó en la Resistencia polaca durante la Segunda Guerra Mundial y participó en el Levantamiento de Varsovia. Después de la guerra, dedicó su vida a la ciencia.
Un nombre extraño para un animal aún más extraño
La palabra braquiópodo viene del griego brachion (brazo) y podos (pie). Pero, en realidad, estos animales no tienen ni brazos ni pies. Lo que sí tienen es:
- un lofóforo, una especie de corona de tentáculos que les ayuda a filtrar alimento y respirar;
- y un pedúnculo, que funciona como una cuerda con la que se sujetan al fondo marino.
También engañan por fuera. Aunque parecen almejas, no lo son. Las almejas tienen conchas simétricas como dos mitades iguales de un bocadillo. Los braquiópodos, en cambio, tienen una simetría distinta: cada una de sus conchas es simétrica en sí misma, pero las dos conchas no son iguales entre sí. Es como comparar un bocadillo con un pan de hamburguesa.
Los arquitectos del mar antiguo
Hace unos 500 millones de años, los braquiópodos eran tan abundantes que formaban auténticos arrecifes. Vivían en grandes grupos y sus conchas, al acumularse, creaban estructuras parecidas a mini montañas submarinas.
Uno de ellos, Neospirifer condor, vivió hace 300 millones de años. Sus conchas tenían pliegues profundos que parecían un abanico o las alas de un pájaro en pleno vuelo. Sus fósiles, encontrados en Bolivia, conservan detalles tan finos que es casi como ver al animal tal como era.
Los supervivientes
Aunque muchos braquiópodos se extinguieron, no todos desaparecieron. Lingula anatina, una especie que vive hoy en mares de todo el mundo, ha cambiado muy poco desde la época de los dinosaurios. Se la considera un “fósil viviente” porque mantiene la misma forma que sus antepasados remotos.
La científica que siguió sus pistas
Gertruda Biernat viajó por todo el mundo para buscar fósiles de braquiópodos. Sus expediciones más famosas fueron en el Ártico, donde identificó nuevas especies. Gracias a su trabajo, tres géneros de braquiópodos llevan su nombre, un pequeño homenaje a su enorme dedicación.
No tienen patas y su nombre engaña, pero los braquiópodos han ayudado a reconstruir la historia de los océanos. Y gracias a científicas como Biernat, sabemos que a veces los fósiles no cuentan mentiras: quienes mienten son los nombres. Porque las mentiras tienen las patas cortas, pero la ciencia no.