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El polen es un conjunto de microscópicos granos producidos por las plantas con flor y por muchas plantas sin flor, como los pinos o los helechos. Cada grano contiene las células necesarias para la reproducción de la planta y está recubierto por una pared muy resistente llamada exina, capaz de sobrevivir miles o incluso millones de años. Gracias a esa resistencia, el polen puede quedar atrapado en el suelo, en el barro o en el fondo de los lagos, donde se conserva como un pequeño registro del pasado.

Cómo se leen los paisajes del pasado

Para descubrir qué vegetación había en un lugar antiguo, las científicas recogen muestras de sedimentos y analizan el polen que contienen.

  • Si aparecen muchos granos de pino, es posible que hubiera un bosque seco.
  • Si predominan los helechos, quizás se trataba de un ambiente húmedo.

El polen también deja pistas sobre incendios, cultivos o deforestaciones. Es como un libro que guarda, página a página, la historia del clima y de la intervención humana.

La científica que convirtió el polen en un mapa histórico

La palinología, la ciencia que estudia el polen y las esporas, fue el campo de trabajo de Núria Solé Sanromà (1925–2013), una de las especialistas europeas más destacadas en este ámbito. Durante su carrera:

  • identificó especies fósiles,
  • reconstruyó climas antiguos,
  • y ayudó a fechar capas de carbón en Colombia y yacimientos arqueológicos en España.

Además de investigar, fue una gran divulgadora. Introdujo la palinología en las universidades y donó su colección de preparaciones al Instituto Botánico de Barcelona, donde todavía se utiliza para enseñar.

Pequeñas pistas, grandes historias

Gracias a investigadoras como Núria Solé, hoy sabemos que incluso los rastros más diminutos —aquellos que caben en la punta de un dedo— pueden explicar cómo cambian los bosques, cómo vivían las personas en la antigüedad o cómo evoluciona el clima del planeta.

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